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Rocas metamórficas

Las rocas metamórficas se forman como resultado de la modificación, en estado sólido, de rocas ígneas o sedimentarias preexistentes, los protolitos, al haber estado sometidas a cambios en las condiciones de temperatura y de presión o a esfuerzos tectónicos. Los procesos metamórficos provocan en las rocas cambios en la mineralogía y en la textura y, en algunos casos, también en la composición química.

Las reacciones metamórficas tienen lugar en la corteza terrestre, y se considera que abarcan un intervalo de temperaturas que va desde los 200ºC hasta la fusión de la roca, que puede oscilar entre 650ºC y 1 000ºC. Al aumentar la temperatura, buena parte de los minerales que constituyen las rocas dejan de ser estables, y los elementos químicos se combinan en asociaciones minerales propias de las nuevas condiciones de presión y temperatura. Cuando se inicia la fusión, se forman las migmatitas, rocas mixtas entre las metamórficas y las ígneas.

Según la extensión que abarquen los efectos del metamorfismo y la causa de las variaciones en la temperatura y la presión, los procesos metamórficos se clasifican como regionales locales.

El metamorfismo regional tiene lugar en los bordes de placas convergentes, donde hay una elevada presión tectónica; es un proceso que afecta franjas rocosas muy amplias. El tamaño de los cristales minerales se hace mayor a medida que aumenta la temperatura y se forman diferentes asociaciones minerales en función del quimismo de la roca original; como consecuencia de las presiones dirigidas, los nuevos minerales crecen con una orientación preferente y las rocas adquieren una estructura foliada característica.

Para cada tipo de roca original se pueden reconocer zonas que presentan una asociación mineralógica específica y distinta de la de las zonas adyacentes. Esta característica permite establecer zonas metamórficas, que se diferencian por la aparición o desaparición de un determinado mineral identificable sobre el terreno. Las más utilizadas son las que derivan de pelitas.

El metamorfismo local, o de contacto, se produce como resultado del aumento de temperatura en las rocas en las que se encaja un cuerpo intrusivo, un batolito; el calor liberado por el magma provoca la recristalización de las rocas, que se vuelven masivas y duras. La mineralogía varía en función de la litología de la roca encajante y de la distancia al cuerpo intrusivo.

La clasificación de las rocas metamórficas se fundamenta en las asociaciones minerales que las caracterizan y en las nuevas texturas de las rocas. Éstas dependen de la litología de la roca original, de las condiciones de presión y temperatura alcanzadas y del tiempo durante el cual han actuado los procesos metamórficos. Al ser el resultado de la superposición de un conjunto de procesos en rocas preexistentes, la variabilidad es muy grande. La mayoría de rocas metamórficas tienen nombres propios, pero para referirse a ellas haciendo mención de la roca original se utiliza el prefijo meta- seguido del nombre de los protolitos. A título de ejemplo, las rocas afectadas por metamorfismo regional que provienen de pelitas, son las pizarras, filitas, esquistos y gneis; las corneanas son metapelitas formadas por metamorfismo de contacto; los mármoles derivan de calizas afectadas por metamorfismo regional o local; las metabasitas derivan de rocas ígneas básicas, algunos gneises derivan de rocas graníticas, etc.